lunes, 15 de noviembre de 2010

Mito: El liberalismo clásico es egoísta



















por Carlos Federico Smith

Carlos Federico Smith es un frecuente colaborador de la Asociación Nacional de Fomento Económico de Costa Rica (ANFE).

Una crítica frecuente al liberalismo es que descansa en una visión egoísta del comportamiento humano. Para hacerla se sustentan en el célebre comentario de Adam Smith, que transcribo: “Cada individuo en particular pone todo su cuidado en buscar el medio más oportuno de emplear con mayor ventaja el capital de que puede disponer. Lo que desde luego se propone es su propio interés, no el de la sociedad en común; pero estos mismo esfuerzos hacia su propia ventaja le inclinan a preferir, sin premeditación suya, el empleo más útil a la sociedad como tal” (Adam Smith, La riqueza de las naciones, Tomo II, San José, Costa Rica: Universidad Autónoma de Centro América, 1986, p. 189).

Deducen que el interés propio del individuo es el centro de la acción económica, el cual no considera el interés de otros ni de la sociedad o de grupos de ella. Simplemente el egoísmo define la actuación del individuo. Pero, como antes se indicó al analizar la crítica al liberalismo por economicista, desde el punto de visto del análisis económico la idea del interés propio egoísta y calculador es en realidad una concepción teórica (el homo oeconomicus) y no un intento de describir el comportamiento humano.

Hume ya había advertido del problema de reducir el comportamiento humano a una sola explicación, al escribir que “por un giro de la imaginación, por un refinamiento de la reflexión, por un entusiasmo de la pasión, parece que tomamos parte de los intereses de otros, y nos imaginamos a nosotros mismos como despojados de todo tipo de consideraciones egoístas: pero, en el fondo de las cosas, el patriota más generoso y el mísero más tacaño, el héroe más valiente y el cobarde más abyecto, tienen, en todas sus acciones, una apreciación idéntica por su propia felicidad y bienestar” (David Hume, Enquiries Concerning the Human Understanding and Concerning the Principles of Morals, editado por L. A. Selby-Bigge, 2a. edición, Oxford: Clarendon Press, 1902,.p. 172).

Para Hume el ser humano, además de benevolente y egoísta, es un sujeto de pasiones, pues “no existe hombre quien en ocasiones particulares no es afectado por todas las pasiones desagradables, temor, furia, desánimo, dolor, melancolía, ansiedad, etc” (Ibídem, Nota 1, p. 213). Otteson señala que Hume considera (al igual que lo hace Smith) que “es entendible que algunos moralistas, por ejemplo Bernard Mandeville, hayan pensado que el ‘amor propio’ es la principal y hasta única motivación para la acción humana, dada la obvia influencia enorme que tiene sobre mucho de lo que la gente hace, pero que, sin embargo, es un error concluir de ello que no hay otros principios que también actúan sobre los seres humanos”, principios que Hume los resume bajo el término “benevolencia o simpatía”, similar a como también lo hace Adam Smith (James R. Otteson, Adam Smith’s Marketplace of Life, Cambridge, Inglaterra: Cambridge University Press, 2002, p. 31).

La crítica al liberalismo por la preeminencia del egoísmo en la toma de decisiones es “imaginaria” según un estudioso del tema, quien expone que “dejando de lado a Bentham, ningún liberal clásico escribió alguna vez que los seres humanos invariablemente se veían comprometidos en la prosecución calculada de la ventaja personal. Ni Locke ni Mill, ni Smith ni Madison, pensaron de esa manera… Asumieron, bastante realísticamente, que las pasiones pueden hacer que los intereses se hagan a un lado. Los seres humanos, pensaron ellos, constantemente se ven involucrados en un rango muy amplio de formas de comportamiento no calculadas y no egoístas” (Stephen Holmes, Passions and Constraint: On the Theory of Liberal Democracy, Chicago: The University of Chicago Press, 1995, p. p. 42-43).

El filósofo liberal cristiano Michael Novak señala aspectos relevantes que deben mencionarse. En primer lugar, es un error grave asumir que los individuos pueden tan sólo elegir con base en el egoísmo y la codicia. Dice Novak: “Un sistema que se rige sólo por el principio según el cual los individuos son los que están en mejores condiciones de juzgar por sí mismos sus reales intereses puede ser acusado de institucionalizar el egoísmo y la codicia…, pero sólo si se parte de la premisa de que los seres humanos son tan depravados que nunca efectúan otra clase de elección” (Michael Novak, El espíritu del capitalismo democrático, Buenos Aires: Ediciones Tres Tiempos S. R. L., 1983, p. 96). Las decisiones que toman los individuos no se basan únicamente en la codicia y el egoísmo, sino que también suelen formar parte de sus intereses, los de sus familias, que incluso con frecuencia superan a los propios, los de amigos cercanos y los de las comunidades en donde suelen vivir.

Además, señala Novak, “aparte de las limitaciones que impone el propio individuo, el sistema limita la codicia y el interés personal… cuando se producen, pagan su precio” (Ibídem, p. 96), como lo atestigua la importancia que tiene la reputación, la integridad y la equidad en los negocios, pues, de no seguirse reglas generalmente aceptadas, bien pueden verse afectados en su desarrollo a un costo muy elevado. Como dice Mises, “lo que impulsa a cada hombre al máximo en el servicio de sus congéneres y frena las tendencias innatas hacia la arbitrariedad y las malas intenciones es, en el mercado, no la obligación y la coerción de parte de gendarmes, verdugos y cortes penales; es el interés propio…” (Ludwig von Mises, Human Action: A Treatise on Economics, Op. Cit., p. 283).

Finalmente, deseo enfatizar el elemento cooperativo de los individuos en los mercados, mediante una excelente descripción que del orden espontáneo hace Hayek: “Cuando por primera vez (con las ideas de Mandeville, Gordon, Montesquieu, Hume, Tucker, Smith, Burke) se reconoció el efecto del intercambio, de hacer que la gente, sin proponérselo, se beneficiara mutuamente, se puso mucho énfasis en la resultante división del trabajo y en el hecho de que eran sus propósitos ‘egoístas’ lo que conducía a diferentes personas a brindarle servicios a otras. En esto hay mucha estrechez de miras. La división del trabajo es también practicada dentro de las organizaciones (orden artificial resultado del diseño y diferente de un orden espontáneo); y las ventajas de un orden espontáneo no dependen de que la gente sea egoísta en el sentido ordinario de esta palabra. El punto importante acerca del orden extendido o catalaxia es que reconcilia conocimientos diferentes y propósitos diferentes que, ya sea que los individuos son egoístas o no, diferirán grandemente entre personas. Debido a que en un orden extendido o catalaxia, los hombres, a la vez que siguen sus intereses propios, ya sean totalmente egoístas o altamente altruistas, promoverán los propósitos de muchos otros hombres, la mayoría de los cuales nunca llegarán a conocerlos, hace que sea un orden superior a cualquier organización deliberadamente diseñada: en la Gran Sociedad los diferentes miembros se benefician de los esfuerzos de los demás no sólo a pesar de sino a menudo porque sus distintos objetivos difieren” (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. II: The Mirage of Social Justic, Op. Cit., p. 110. Los párrafos entre paréntesis son míos).

Por tanto, un orden liberal no requiere que el individuo sea egoísta ni que dicho principio rija la conducta humana: lo esencial es que el individuo posee una gama muy amplia de intereses que no se circunscriben a los propios y en un orden no diseñado es cuando más fácilmente se compagina tal diversidad, lo cual beneficia a la colectividad como un todo.

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